Historias
México y mi abue: una historia de encuentros, libros y caminos que se abrieron
Los recuerdos de mi abue, el Método Cyclopea y los caminos que nos han unido a México. - Primera Parte -
México, donde una historia sigue escribiéndose · Primera parte
Mi abue esperaba mariachis.
Le habían preparado una sorpresa durante la presentación de uno de sus libros en México y ella, muy entusiasmada, imaginaba que quizás la recibirían con música tradicional mexicana.
Pero lo que ocurrió fue algo completamente distinto.
Cuando se abrió el telón, apareció un enorme sol dorado y un grupo de danzantes con hermosos penachos comenzó a interpretar una ceremonia al ritmo de instrumentos ancestrales.
De pronto, el sonido profundo de las caracolas llenó el lugar. Y, en medio de aquella representación, se elevó un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Mi abue comenzó a llorar.
Lo que nadie sabía era que, antes de salir de Chile, mientras contemplaba una figura de la Virgen Negra que tenía en su casa del desierto de Atacama, había expresado un deseo muy especial: escuchar algún día el sonido de las grandes caracolas utilizadas en los rituales ancestrales.
Y ahí estaba, en México, viviendo justamente esa experiencia.
Para ella fue uno de esos momentos que guardamos para siempre en el corazón, cuando algo que parecía tan lejano se presenta de una manera completamente inesperada.
Lo más bonito es que aquella ceremonia quedó registrada en video, y hoy podemos volver a encontrarnos con ese momento tan significativo de su historia.
Hace poco, mientras recuperábamos algunos de los recuerdos de mi abue sobre sus años en México, me compartió unas páginas de un libro que todavía tiene pendiente terminar.
Se llama Norameris y es, de alguna manera, la continuación de Surameris y el cofre de los secretos, donde relata parte de las experiencias que la llevaron a crear el Método Cyclopea.
Pero esta vez las aventuras nos llevan hacia México y otros lugares de Norteamérica.
Y al conocer estas historias me dieron muchísimas ganas de compartirlas con ustedes.
Porque, aunque yo también he vivido experiencias maravillosas en México, hay todo un recorrido anterior, lleno de encuentros, aprendizajes y momentos muy especiales, que forma parte de nuestra historia familiar y del camino del Método Cyclopea.
Así que quiero contarles un poquito de cómo comenzó todo.
Cuando México entró en la vida de mi abue
Su primer viaje fue a Guadalajara.
Había llegado para compartir el Método Cyclopea, sin imaginar que aquel encuentro sería el comienzo de una etapa tan importante de su vida.
En una de las páginas de Norameris escribe:
“Han pasado más de seis meses desde aquella ocasión en que por primera vez México entró a mi vida, o mejor dicho yo entré en la suya”.
Me encanta esa manera de recordarlo.
Porque México no fue solamente un lugar al que mi abue llegó para impartir seminarios. Con el tiempo se convirtió en un espacio de nuevas amistades, experiencias familiares, creación literaria y muchísimas oportunidades para seguir compartiendo el método.
En esos primeros viajes conoció a personas que fueron fundamentales para abrir nuevos caminos.
Entre ellas estaban Javier, quien la recibió en Guadalajara, y Herman, con quien más adelante desarrollaría proyectos y una amistad que tendría mucha importancia en su recorrido.
Y es muy bonito ver cómo, en sus recuerdos, los encuentros ocupan un lugar tan especial.
Personas que llegan de manera inesperada, oportunidades que aparecen cuando otras parecen cerrarse y decisiones que, con el tiempo, van dando forma a una historia mucho más grande.
Hay una anécdota que me encanta y que habla justamente de eso.
Mi abue cuenta que estaban preparando un seminario en Ciudad de México y, faltando apenas dos días, ¡solamente había una persona inscrita!
Quienes la acompañaban pensaban que lo mejor sería suspenderlo.
Pero ella decidió continuar.
Les habló de la determinación y propuso enfocarse en reunir entre diez y doce participantes, aunque a esas alturas parecía casi imposible.
¿Y saben qué pasó?
Ese sábado llegaron once personas.
A veces recordamos los grandes eventos, las salas llenas y todos los años de expansión, pero también hubo comienzos así. Momentos de incertidumbre en los que había que confiar, tomar decisiones y continuar.
Un país lleno de encuentros y experiencias
Durante aquellos viajes, mi abue también fue descubriendo lugares de México que despertaron muchísimo su interés.
Uno de ellos fue Teotihuacán.
En Norameris relata una visita junto a Herman a la Pirámide del Sol, donde vivieron una experiencia que para ambos tuvo un significado muy profundo.
Recuerda la luz que apareció sobre una parte de la construcción, los detalles que comenzaron a distinguir en las piedras y todas las preguntas que aquello despertó en ellos.
Mi abue siempre ha tenido una conexión muy particular con los símbolos, las culturas ancestrales y lo que ella reconoce como señales en su camino.
Y México, con toda su riqueza cultural y espiritual, le fue regalando experiencias que terminarían formando parte de sus escritos.
Entre ellas estuvo aquella ceremonia de las caracolas y la Virgen de Guadalupe con la que comenzamos esta historia.
En los registros audiovisuales de 2006 podemos verla compartiendo sus reflexiones sobre el potencial creativo del ser humano y sobre esa posibilidad de reconectar con nuestra propia esencia, que ha sido parte fundamental de las enseñanzas del Método Cyclopea.
Volver a mirar esas imágenes es una manera muy bonita de acercarnos a lo que se estaba viviendo en aquellos años.
Y todavía había muchas historias por venir.
Los libros que también encontraron su camino en México
Otra parte muy especial de esta etapa tiene que ver con los libros de mi abue.
Durante sus años en México estableció vínculos con editoriales, realizó presentaciones y conoció a personas del mundo cultural y literario, entre ellas Laura Esquivel y Antonio Velasco Piña.
Sus obras El cielo está abierto y Surameris y el cofre de los secretos formaron parte de ese recorrido.
Pero hay un libro que tiene una relación especialmente curiosa con México, porque fue escrito justamente ahí.
Se trata de Estamos todos muertos.
Y la historia de cómo nació me parece fascinante.
Mi abue cuenta que todo comenzó durante una celebración de Día de Muertos.
Estaba recorriendo las calles entre la multitud, rodeada de Catrinas, calacas, flores de cempasúchil y todos esos colores, aromas y tradiciones que hacen de esta celebración algo tan especial.
En algún momento decidió apartarse un poquito y regresar a casa por otro camino.
Así llegó a un pequeño parque.
Fue ahí donde, según me contó, comenzó una experiencia muy particular con Tánatos, conocido como el ángel de la muerte, pero que, en su vivencia, se presentó como el ángel de la vida.
A partir de aquel encuentro, mi abue sintió una inspiración muy profunda que la llevó a escribir el libro.
Se instaló durante un tiempo en un departamento en Polanco y comenzó a escribir casi sin detenerse.
Ella misma recuerda que fue un proceso muy rápido, como si toda esa historia necesitara encontrar su lugar en las páginas.
Me parece muy especial que un libro dedicado a explorar la vida, la muerte y nuestra existencia haya nacido precisamente en México, durante una celebración en la que el recuerdo de quienes han partido se vive de una manera tan cercana, colorida y llena de significado.
Y es que México también fue un lugar de muchísima creación.
Durante aquellos años surgieron proyectos audiovisuales como The Connection y América, la revelación, además de conferencias, seminarios y encuentros de formación para nuevos instructores.
Mi abue recuerda teatros llenos, personas que viajaban desde distintos lugares para participar y una etapa de muchísima actividad.
Poco a poco, México se fue convirtiendo en un punto muy importante para continuar compartiendo el Método Cyclopea también hacia otros países.
Cuando México se convirtió en parte de nuestra familia
Pero entre todos esos proyectos y aventuras también había una vida cotidiana.
Mi abue pasó temporadas viviendo en México. Recuerda con mucho cariño Coyoacán, las oficinas de Cyclopea en Polanco, las experiencias en Tepoztlán y todos los encuentros que fueron acompañando aquellos años.
Parte de nuestra familia también se instaló allá.
Y es curioso, porque en 2007, cuando yo me fui a Santiago para comenzar mis estudios de teatro, mi abue y otros integrantes de la familia ya tenían organizado su viaje a México.
Mientras yo comenzaba una nueva etapa en Chile, ellos estaban construyendo otra parte de nuestra historia al otro lado del continente.
Años después pude viajar por primera vez a México para visitarlos.
Y aunque en aquel momento todavía no lo imaginaba, ese país que había sido tan importante para mi abue terminaría ocupando también un lugar muy especial en mi propia vida.
Hoy, cuando hablamos de México, hay algo que ella siempre me dice:
“No, yo siempre volvería a México”.
Y la entiendo tanto.
Porque detrás de todos estos años hay personas, recuerdos, experiencias y un cariño que permanece, incluso cuando pasa el tiempo y nuestros caminos toman nuevas direcciones.
Para mí ha sido muy bonito recuperar estas memorias y descubrir cuánto significó México para mi abue y para todo lo que se fue construyendo alrededor del Método Cyclopea.
Y también reconocer cómo cada persona que fue apareciendo contribuyó a que esta historia continuara creciendo.
Porque, al final, son los encuentros los que van abriendo nuestros caminos.
Y lo más maravilloso es que esta historia no terminó allí.
Muchos años después, México también comenzó a regalarme mis propias aventuras.
Una invitación de alguien a quien todavía no conocía personalmente, un viaje a Puebla, un recibimiento inolvidable bajo la presencia del Popocatépetl y personas que me han hecho sentir siempre tan querida y apapachada.
Pero esa es otra parte de la historia que quiero compartirles muy pronto.
Por ahora, me quedo con mucha gratitud por todo lo que mi abue vivió en México y por la oportunidad de seguir descubriendo las huellas que esos años dejaron en nuestra familia.
Gracias, México, por haber sido parte de tantos encuentros y por seguir abriendo caminos para todos nosotros.
Con mucho cariño,
Alondra Vera Thompson
En la próxima nota quiero contarles un poquito sobre mis propias experiencias en México, los encuentros que han marcado mis viajes y por qué se ha convertido en uno de esos lugares a los que siempre quiero volver.
7 Comments
Hola Alondra que hermosa experiencia, yo soy de Guadalajara. Un relato muy curioso es que a mis 14 años inició un llamado muy particular al desierto de Atacama, cuando cumplí 19 años, mi papá me regaló un libro muy especial que fue Surameris, lo comencé a leer como a las 23 años y wow, todo resonó conmigo, y más aún cuando comprendí que las experiencias que tu abue relataba la habían llevado al desierto de Atacama. Me he dado el maravilloso regalo de visitar Atacama justo hace un año, me recibió la tierra tan hermosa con el desierto florido en su esplendor y el cielo más hermoso de lo que yo imaginaba, ha sido un verdadero regalo de la vida poder estar ahí después de tanto tiempo de haberlo soñado, espero volver el próximo año, Gracias por compartir tu sentir sobre México es muy especial, saludos. ☺️🌷
Gracias por compartir tu relato también 🤗💖 El amado desierto de Atacama y el amado México en una relación profunda de sabiduría ancestral y claves del origen 💖💛💙 pronto vamos a México a continuar con la expansión y ya lo estamos sintiendo en el corazón. Espero nos podamos encontrar en uno de los 3 seminarios que tendremos por allá 🤗