Cuando la Tierra se mueve, algo se mueve en nosotros
Reflexiones

Cuando la Tierra se mueve,
algo se mueve en nosotros

Frecuencias, sintonía, resonancia y la forma en que atravesamos las ondas de choque del mundo.

Por Alondra Vera Thompson 19 de agosto de 2026 8 min de lectura

En las últimas semanas hemos visto imágenes difíciles de ignorar: terremotos en Venezuela y Colombia, inundaciones en distintas regiones del planeta y olas de calor que han alcanzado a Europa y Norteamérica.

La Tierra se mueve.

El agua modifica territorios.

El calor transforma la vida cotidiana de millones de personas.

Frente a estos acontecimientos es natural sentir inquietud.

A veces aparece el miedo. Otras veces, una sensación de vulnerabilidad, como si aquello que considerábamos estable dejara de serlo. También puede surgir la necesidad de encontrar rápidamente una explicación, una señal o un significado.

Sin embargo, hoy no quiero mirar estos sucesos desde el temor, el morbo o el pensamiento catastrófico.

Tampoco quiero ofrecer una explicación espiritual para fenómenos que tienen causas físicas, geológicas y climáticas concretas.

Quiero detenerme en las ondas que producen estos acontecimientos y en la manera en que esas ondas encuentran resonancia dentro de nosotros.

Todo movimiento produce una onda

Un terremoto libera energía y genera ondas que se desplazan por la Tierra.

El agua también se mueve en ondas.

El calor se expande.

El sonido viaja.

La luz se propaga.

Incluso cuando observamos la materia en sus niveles más pequeños, aquello que parecía sólido e inmóvil revela una realidad mucho más dinámica.

En la física cuántica, las partículas no se describen únicamente como pequeños objetos estáticos. Su comportamiento también se expresa mediante estados, probabilidades, interacciones e intercambios de energía que no siempre podemos percibir directamente con nuestros sentidos.

No quiero convertir esta idea en una explicación espiritual de la ciencia. Me interesa, más bien, detenerme ante lo que nos recuerda:

La aparente quietud también contiene movimiento.

Nuestro propio corazón produce un ritmo. Nuestra respiración tiene una cadencia. Nuestro sistema nervioso responde constantemente a lo que sucede dentro y fuera de nosotros.

Incluso un pensamiento puede cambiar nuestra respiración, modificar la tensión del cuerpo o acelerar el pulso.

Vivimos en un universo en constante transformación.

Pero cuando ocurre un acontecimiento de gran intensidad, la onda no termina en el lugar donde sucedió. Además de su impacto físico, comienza a producirse otra clase de propagación.

Las imágenes viajan.

Los videos se repiten.

Los testimonios llegan hasta nosotros.

Las noticias se comparten una y otra vez.

El acontecimiento puede haber ocurrido a miles de kilómetros, pero su onda emocional entra en nuestra casa a través de una pantalla.

Y entonces algo sucede dentro.

La onda que llega y aquello que encuentra

Una onda no impacta de la misma manera sobre todas las superficies.

Su efecto depende de la fuerza con la que llega, pero también de la estructura que la recibe.

Lo mismo puede ocurrir en nuestro interior.

Una noticia puede encontrarnos en calma y despertar solidaridad, conciencia y disposición para ayudar.

Pero también puede encontrarnos agotados, ansiosos, sobreexpuestos o habitando desde hace tiempo una sensación de amenaza.

La información es la misma, pero aquello que encuentra dentro de nosotros es diferente.

Aquí es donde aparece la idea de la frecuencia.

No hablo de la frecuencia como una explicación científica de los terremotos, las inundaciones o las olas de calor.

Tampoco hablo de responsabilizar a una persona o a una comunidad por aquello que le sucede.

Hablo de frecuencia como una forma de nombrar el estado interior desde el cual nos relacionamos con la realidad.

¿Desde dónde estoy recibiendo lo que ocurre?

¿Desde el miedo?

¿Desde la impotencia?

¿Desde una memoria antigua de inseguridad?

¿Desde la necesidad de controlar aquello que no puedo controlar?

¿O desde un espacio de presencia que me permite reconocer la gravedad de lo sucedido sin convertirme en una extensión de la conmoción?

Sintonía y encaje de frecuencias

Para escuchar una estación de radio, el receptor debe entrar en sintonía con una frecuencia determinada.

La señal puede estar presente, pero es el encaje entre la señal y el receptor lo que permite escucharla con claridad.

Esta imagen puede ayudarnos a comprender lo que sucede emocionalmente.

Cuando vivimos durante mucho tiempo en estado de alerta, cualquier nueva amenaza puede encontrar una frecuencia con la cual sintonizar.

El acontecimiento exterior se encuentra con un temor interior y ambos parecen amplificarse.

No significa que hayamos provocado aquello que ocurre.

Significa que la onda encontró dentro de nosotros algo que ya estaba vibrando.

Tal vez encontró el miedo a perderlo todo.

La memoria de una experiencia dolorosa.

La incertidumbre frente al futuro.

La sensación de no estar a salvo.

O la profunda angustia de descubrir que la vida no siempre puede ser controlada.

Quizá la pregunta no sea solamente: “¿Qué está sucediendo en el mundo?”, sino también: “¿Qué está encontrando dentro de mí aquello que está sucediendo en el mundo?”

¿Cómo aminorar una onda de choque?

No siempre podemos evitar la onda.

No podemos detener con nuestros pensamientos el movimiento de las placas tectónicas.

No podemos modificar individualmente una tormenta ni impedir que una temperatura extrema se extienda sobre una región.

Pero sí podemos trabajar con la estructura que recibe el impacto.

Pensemos por un momento en las construcciones preparadas para resistir un terremoto.

Su fortaleza no consiste necesariamente en permanecer completamente rígidas. Muchas de ellas están diseñadas para moverse, distribuir la energía, adaptarse y amortiguar el impacto.

La flexibilidad forma parte de su resistencia.

Quizá nosotros también necesitemos aprender esa clase de fortaleza.

No la fortaleza de quien niega el miedo.

No la rigidez de quien pretende que nada le afecta.

No la falsa serenidad de quien se desconecta del sufrimiento de los demás.

Sino una presencia flexible que pueda sentir sin derrumbarse, mirar sin quedar atrapada y responder sin amplificar el caos.

Aminorar la onda de choque puede comenzar con algo tan sencillo como regresar al cuerpo.

Sentir los pies.

Observar la respiración.

Reconocer lo que la noticia despierta en nosotros.

Preguntarnos si necesitamos seguir mirando las mismas imágenes una y otra vez.

Distinguir entre mantenernos informados y permanecer sumergidos en la conmoción.

También significa atender la realidad concreta: consultar fuentes confiables, conocer los protocolos de protección, prepararnos materialmente, cuidar a quienes nos rodean y apoyar, cuando sea posible, a las comunidades afectadas.

La conciencia espiritual no sustituye la prevención, la ciencia ni la acción. Las acompaña.

No todo lo que se propaga es miedo

Cuando sucede una tragedia, la onda del miedo puede viajar con enorme rapidez.

Pero no es la única frecuencia que puede propagarse.

También se extienden la solidaridad, la organización, la ayuda, el cuidado y la presencia.

Una persona que conserva claridad puede ayudar a otras a recuperar el centro.

Una palabra serena puede interrumpir una cadena de rumores.

Una decisión consciente puede evitar que compartamos información falsa.

Un gesto de apoyo puede transformar, aunque sea por un instante, la experiencia de alguien que se siente solo.

Así como una onda de choque se transmite, también puede transmitirse una forma distinta de estar presentes.

No se trata de ignorar lo que ocurre para mantenernos en una supuesta frecuencia elevada.

Se trata de no entregar toda nuestra energía al miedo.

Se trata de permanecer disponibles para la vida, incluso cuando la vida se mueve.

Cuando el mundo pierde su aparente estabilidad

Los acontecimientos recientes nos recuerdan algo que con frecuencia olvidamos:

La estabilidad absoluta no existe.

La Tierra siempre ha estado en movimiento.

El clima siempre ha atravesado transformaciones.

Nuestro cuerpo cambia.

Nuestros vínculos cambian.

La vida cambia.

Mucho de nuestro sufrimiento aparece cuando intentamos construir seguridad sobre la idea de que nada debería moverse.

Pero quizás la verdadera estabilidad no consista en evitar todo movimiento.

Quizá consista en aprender a conservar nuestro centro mientras la realidad cambia de forma.

Un árbol no permanece vivo porque sea incapaz de moverse.

Permanece porque sus raíces le permiten danzar con el viento sin olvidar su vínculo con la tierra.

Nosotros también necesitamos raíces.

Raíces en el cuerpo.

En la respiración.

En la comunidad.

En el discernimiento.

En el amor.

En la certeza de que, incluso en medio de la incertidumbre, podemos elegir cómo participar en la realidad que compartimos.

¿Qué frecuencia estoy compartiendo?

Cada vez que recibimos una noticia, también nos convertimos en transmisores.

Transmitimos cuando hablamos de ella.

Cuando compartimos una imagen.

Cuando repetimos un rumor.

Cuando llevamos nuestro miedo a una conversación.

Pero también cuando ofrecemos claridad, cuidado y presencia.

Por eso, ante los movimientos que estamos observando en el mundo, quiero dejar abiertas estas preguntas:

¿Qué despierta todo esto dentro de mí?

¿Estoy recibiendo información o estoy alimentando mi estado de alerta?

¿Qué necesito fortalecer para atravesar la incertidumbre sin perderme en ella?

¿Qué frecuencia estoy ayudando a propagar?

No podemos controlar todas las ondas que llegarán a nuestra vida.

Pero podemos conocernos lo suficiente para comprender dónde encuentran resonancia.

Podemos hacer más flexible nuestra estructura interior.

Podemos aprender a regresar al centro.

Y podemos recordar que, aun cuando el mundo se mueve, no estamos obligados a convertirnos en una repetición del miedo.

La serenidad también se propaga.
La conciencia también genera ondas.
El amor también encuentra resonancia.

Alondra Vera Thompson Reflexiones
Método Cyclopea

Volver al centro también es una práctica

Si aquello que sucede afuera genera ondas que inevitablemente nos alcanzan, quizá una de las preguntas más importantes sea: ¿cómo fortalecer nuestra capacidad de volver a nosotros mismos cuando algo nos mueve?

Para mí, ahí comienza también el trabajo del Método Cyclopea. No se trata de aislarnos de lo que ocurre en el mundo, sino de aprender a observar nuestros movimientos internos, reconocer dónde estamos poniendo nuestra atención y recuperar conscientemente nuestro centro.

“No siempre podemos elegir las ondas que llegan a nuestra vida. Pero sí podemos aprender a encontrarlas desde otro lugar.”

Reconocer con mayor claridad lo que ocurre dentro de nosotros.

Disminuir la reacción automática frente a los estímulos externos.

Recuperar presencia cuando sentimos que algo nos desborda.

Cultivar un estado interior más estable, flexible y consciente.

Hay cosas que podemos comprender.
Y hay otras que necesitan ser experimentadas.

Seminario Método Cyclopea en Santiago de Chile
Arte del próximo seminario Imagen 16:9
Próximo seminario · Santiago de Chile

Activación Interna de la Glándula Pineal
Método Cyclopea

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1 Comment

Fabiola Puebla
21 de agosto de 2026 at 8:36 AM
Reply

Hola Alondra. Gracias por esta reflexión. Me hace mucho sentido. Yo no veo TV, solo tengo Netflix, pero eligo bien lo q veo. Me informó por redes sociales confiables, o al menos eso me hace sentir, de lo q pasa en el mundo. Uds me ayudan mucho a sobrellevar este mundo donde me siento ajena. Simepre he pensado que no soy de aca y mi Hijo mayor tampoco. Somos ajenos a la gente, pero no antisociales pero si nos cuesta encajar. Por eso me conecto todas las noches y todos los días a través de la glándula pinial como Uds me enseñaron a través de dos veces asistir al seminario de activación. Gracias por este mensaje y reflexión, Uds ayudan a sentirme más cómoda en esta dimensión compleja y a enfrentar la vida desde el sol.
Fabiola Puebla
Mucha luz!


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